Quizás el CTI del título podría cambiarse por el de cualquier operador de telefonía celular: si uno revisa las estadísticas de la Subsecretaría de Defensa del Consumidor encontrará que el rubro es una de las estrellas de todos los rankings de reclamos.
Sin embargo, mi experiencia concreta ha sido con CTI: luego de meses de intentar dar de baja un servicio de telefonía celular, finalmente lo he logrado. Para que otras personas eviten perder el tiempo y el dinero que yo he perdido, es que escribo este artículo cuyo consejo básico es: envíen una Carta Documento. Cualquier otra vía sólo demora el trámite, aumenta el costo del mismo (porque mientras no se produce la baja hay que seguir pagando) y multiplica la frustración.
La aventura comenzó cuando decidí cancelar mi servicio CTI debido a que había dejado de utilizarlo. Tenía un abono económico de $36,35 (precio final) y siguiendo las instrucciones llamé al servicio de atención al cliente para proceder con la baja.
La primer dificultad fue que la persona que me atendió evitaba aceptar la solicitud de baja del servicio. Ofrecía otros abonos más convenientes, sugería pasar el servicio a una modalidad sin abono (con carga de crédito mediante tarjetas), insistía en que le explicara los motivos de la solicitud. Mientras tanto se resistía a dar curso a mi pedido aunque con toda claridad le expliqué que no me interesaba coleccionar cuentas de telefonía celular por más que no tuviera costo fijo alguno.
Por unos minutos contesté con paciencia: uno sabe que el operador está entrenado para eso y que le pagan para retener clientes, no para facilitarles su salida. Pero también hay un límite para la paciencia de cualquiera, que se agota cuando la insistencia del operador alcanza la línea de la falta de respeto. En fin, que al cabo de un rato, accedió a tomar el pedido y me indicó que a los pocos días me llamarían para confirmar la baja. Le aclaré que no necesitaba confirmación alguna, y luego del saludo de cortesía, colgué con la satisfacción de haber logrado mi objetivo, no sin algo de fatiga e irritación.
A fin de ese mes, llegó, como siempre, la factura por el servicio a mi casa. La pagué pensando que ésa sería la última. Sin embargo, un mes más tarde vuelve a visitarme el cartero con el sobre blanco y naranja de CTI. No era un saludo de despedida por el tiempo que fui su cliente: era una nueva factura.
Por supuesto, llamé al servicio de atención al cliente nuevamente. La persona que me atendió esa vez me indicó que era yo quien debía llamar para confirmar la baja del servicio, y que como no había confirmado, no habían procesado la solicitud. “¿Acaso, como reza un mensaje automático previo a la respuesta del operador, no graban los mensajes?”, pregunté. “¿Acaso no fui absolutamente claro con mi solicitud de baja?” Si alguien necesitaba una confirmación seguramente no era yo. No pudimos ponernos de acuerdo sobre ese punto. Respiré profundo y decidí ignorar la burla evidente (no digo del operador, pero sí del procedimiento) para concentrarme en lograr que procedieran a la baja efectiva del servicio.
Nuevamente tuve una larga conversación con el operador, quien una vez más hacía todos los esfuerzos imaginables por esquivar mi pedido. “¿Por qué no lo pasa a un servicio con tarjeta? ¿No está interesado en un abono diferente? Le ofrecemos transferir el servicio a otra persona…”. Finalmente accedió a tratar mi pedido, pero a condición de que volviera a llamar en un determinado día y horario para confirmarlo. Le pedí entonces otro mecanismo: me indicó que tenía que enviar una carta simple por Correo a un apartado postal antes del cierre del período de facturación.
Si mi voluntad claramente expresada en una conversación grabada en la que me pedían infinidad de datos personales para poder chequear mi identidad no era suficiente, ¿qué garantías tenía con el envío de una carta simple que ni siquiera me permite probar que se haya entregado?
Decidí volver a llamar. Pese a que le indiqué al operador que evitáramos cualquier opción que no fuera dar de baja el servicio, tuve que pasar de manera obligada por el repaso de las alternativas que ya me habían ofrecido hasta el hartazgo. Me dijo en esa oportunidad que no era una carta simple, sino un formulario que debía completar en el Correo Argentino. Me pareció más razonable, y en cuanto pude hacerme de unos minutos fuera del trabajo me acerqué a una sucursal del Correo para intentar terminar este trámite ya tedioso. Sin embargo, en el Correo Argentino desconocían que existiera un formulario semejante o convenio alguno con la empresa CTI.
En ese momento decidí rendirme. Para esto, entre idas y vueltas ya había perdido un mes más y volví a regalarle $36,35 a CTI Móvil. Busqué entonces un formulario de Carta Documento y escribí a mano un escueto:
Por medio de la presente solicito a Ustedes la cancelación y baja inmediata del servicio correspondiente a la línea xxxx-xxxxxxx de la que soy titular, por motivos particulares.
Pagué los $28,50 correspondientes y la envié con la esperanza de iniciar mi 2008 sin CTI entre mis prestadores. Hoy, 2 de enero, cuando vi el fatídico sobre naranja y blanco bajo la puerta de mi casa, pensé que ni la Carta Documento había sido eficaz. Sin embargo, la factura me ha llegado con importe $ 0,00, con lo que supongo será la última que me llegue.
Como no quiero consolarme tontamente a costa del mal de muchos, reitero mi consejo: en lugar de regalar dinero a su empresa de telefonía celular, invierta una sola vez en una Carta Documento. Además de plata, ahorrará disgustos.